Acabamos una reunión con ideas. Mientras viajamos se nos ocurren ideas. Cuando tomamos café con los amigos surgen ideas. Mientras nos duchamos se nos ocurren ideas. Estamos rodeados de ideas, ideas, y más ideas, pero ¿cuántas de ellas acaban siendo realidad?

Nuestras mentes son creativas. Nacimos con la virtud de soñar e imaginar, y eso es nuestro factor diferencial respecto al resto de los animales. Sin embargo, necesitamos dotarnos del procedimiento adecuado que nos ayude a materializar todo cuanto imaginamos para poder acabar transformándolo en realidad.

En la historia encontramos ejemplos de desarrollos extraordinarios, atribuidos a personas que realmente no fueron los verdaderos padres de la idea original. Si preguntamos quién inventó el teléfono, atribuiríamos este magnífico descubrimiento a Graham Bell. Sin embargo, si lo estudiamos en profundidad, veremos que fue Antonio Meucci quien lo ideó, a pesar de que se atribuya a Bell. Sucede también con el vehículo de motor, ideado por Karl Benz, y finalmente atribuido a Henry Ford diez años después. Ocurriría lo mismo entre Tesla y Marconi respecto al descubrimiento de la radio.

Podríamos citar cientos de ejemplos adicionales que demuestran que sólo aquellas ideas que se llevan a la práctica son las que verdaderamente cuentan. La historia rinde tributo a aquellas personas que desarrollan la acción necesaria para que las cosas sucedan, y deja en el olvido a aquellos que simplemente tuvieron buenas ideas, pero que no llegaron a ponerlas en práctica.

Sólo la acción es la responsable de que el pensamiento o la idea acaben generando resultados. Una idea que no esté acompañada de la acción correspondiente no acaba germinando. ¿Cuántas ideas existen en los cementerios? Millones. Millones de excelentes productos, proyectos y propósitos que jamás hemos visto y que con mucha probabilidad no acabaremos viendo.

Cuando miramos a nuestro alrededor, afortunadamente también encontramos muchas cosas que sí sucedieron, y gracias a ello hoy las tenemos y disfrutamos. La diferencia entre las unas y las otras no es más que la acción que su creador puso en marcha para poder convertir en realidad física algo que en el inicio tan solo era imaginado.

Las ideas surgen en los lugares más insospechados y en los momentos más inesperados. Es importante poder registrarlas en el momento aparecen, y a partir de ahí desarrollar la acción correspondiente, teniendo en cuenta que, como reza el título de esta artículo, una idea llevada a la práctica siempre es mejor que una buena idea.

Cuando algo vale la pena, debemos empezar a hacerlo, aunque al principio no lo hagamos bien. Ya tendremos ocasión de ir depurando la técnica para mejorarla y acabar consiguiendo el resultado que hemos imaginado. Cuando postergamos la puesta en práctica hasta alcanzar el pleno dominio de la técnica sólo provocamos que la idea perezca y que, con probabilidad todo acabe resultando ser una excelente idea que nunca llegó a ser nada más que eso.

Un comentario de “Una idea llevada a la práctica es mejor que una buena idea

  1. Josep Sanvisens dice:

    «Cuando algo valga la pena, debemos empezar a hacerlo».
    Creo que esta es la clave de tu mensaje Miguel Ángel. Aunque al principio no lo hagamos bién, aunque nos parezca irrealizable. Si mantenemos la idea en nuestra mente y nos involucramos emocionalmente en ella, con el tiempo iremos encontrando teorias para ponerlas en acción, los errores nos enseñaran y la perseverancia nos llevará al resultado deseado.
    GRACIAS POR ESCRIBIR

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