Para la toma de decisiones, nuestro cerebro puede actuar de dos formas :

a.- Reactiva

Ante cualquier hecho o estímulo, se provoca una decisión basada en la acción – reacción. Ésta es inmediata. Se trata de decisiones que tomamos de forma automática ante cualquier estímulo. No existe un análisis previo.

b.- Racional

A diferencia de la anterior, en este caso, ante cualquier estímulo o hecho, se produce un proceso de análisis – decisión – acción.

¿Cuándo se aplica cada uno de ellos?

Veamos dos ejemplos.

Supongamos que vemos a alguien con dificultades en una pisicina o playa. La respuesta será ir en su ayuda de forma inmediata, sin necesidad de más análisis. En este caso, no es posible aplicar una decisión racional, ya que de hacerlo así, cuando pudiésemos actuar podría ser demasiado tarde. Nuestro cerebro toma la decisión para conseguir un resultado inmediato.

Ahora, supongamos que hemos decidido reducir nuestro peso hasta alcanzar los x Kgs en una determinada fecha.

En el momento nos establecemos esta meta, nuestras decisiones en términos de alimentación, ejercicio físico,… van a estar enfocadas hacia la consecución de nuestro propósito.

Si en un determinado momento, nos surge la posibilidad de comer chocolate, la parte de nuestro cerebro encargada de las decisiones reactivas nos va a sugerir su ingesta. Sin duda, puede resultar estimulante comer chocolate en ese momento. Sin embargo, la existencia de la meta hace que se ponga en marcha el procedimiento racional y ejecute un análisis. Tras el mismo, determinará si la ingesta de chocolate nos acerca o distancia del objetivo propuesto. Si finalmente nos ayuda a conseguirlo, lo hará. Si no, lo descartará.

Para incrementar el porcentaje de decisiones adoptadas de forma racional, y reducir las decisiones reactivas, es necesario planificar previamente las metas que deseamos alcanzar. La existencia de metas convierte la toma de decisiones en un proceso mucho más racional y menos reactivo.

¿Por qué?

Cuando conocemos cuál es la meta que perseguimos, las decisiones racionales estarán siempre enfocadas hacia la meta. Podría no ocurrir lo mismo con las reactivas. La existencia de la meta y su conocimiento hace que en el proceso de decisión se aplique más la respuesta racional, en sustitución de la reactiva.

A partir de la existencia de una meta, todo se podrá medir en términos de cómo la cuestión que analizamos nos acerca o aleja respecto del objetivo, y así, el proceso de toma de decisiones será más sencillo y efectivo.

En el ejemplo anterior, podemos observar que si no existiese la meta de peso previamente establecida, la decisión de comer o no chocolate habría acabado siendo reactiva con una probabilidad muy alta de llegar a materializarse. Si en ese momento nos apeteciese, acabaríamos comiéndolo, sin más.

Podemos concluir que la existencia de metas reduce el peso de las decisiones reactivas, e incrementa las racionales, y así es como avanzamos en la consecución de nuestros objetivos.

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