Cuando un barco sale del puerto o un avión despega de un aeropuerto, ¿entenderíamos que lo hiciesen sin saber dónde se dirigen y cuál es la ruta que van a seguir para alcanzar sus destinos? No. Siempre damos por hecho que cuando inician la marcha, ya han planificado su destino y su ruta con antelación.

Esto, que es fácilmente entendible en el caso de los barcos o aviones, no resulta tan evidente en nuestras vidas cotidianas.

Es frecuente que tomemos decisiones sin haber planificado nuestro destino u objetivo con anterioridad, sin darnos cuenta que cada una de las decisiones que vamos tomando en cada momento, de forma diaria, están condicionando nuestro futuro, y a través de las mismas estamos optando a unos destinos y renunciando a otros de forma simultánea.
Cuando lo hacemos así, ¿estamos dispuestos a asumir que podemos llegar a cualquier destino, sea el que sea? ¿Qué ocurriría si alcanzamos una meta que no nos satisface en modo alguno?

La toma de decisiones sin la previa definición del destino o meta que pretendemos alcanzar puede generar resultados insatisfactorios, pues pueden hacernos llegar a lugares totalmente INDESEADOS.

Todos tenemos en nuestra mente un ideal de cómo nos gustaría que fuese nuestra vida, la vida de nuestros sueños. Sabemos qué es lo que nos gustaría ser y alcanzar. Con el paso del tiempo, unas cosas se alcanzan, otras no. Sin embargo, si no trazamos una metodología de trabajo para la consecución de metas, es difícil que podamos optar a la vida que soñamos o imaginamos.

Es importante saber qué es lo que deseamos en cada una de las facetas de nuestra vida, y marcar un plan de trabajo claro y conciso para la consecución de nuestras metas.

Los pasos para alcanzar la vida de nuestros sueños son los siguientes :

1. – Objetivos
En primer lugar, debemos establecer qué es lo que queremos alcanzar en cada una de las facetas de nuestra vida:
– Familiar.
– Personal.
– Profesional.
– Contribución con nuestro entorno.
– Amistades.

2. – Timing.
Una vez hayamos decidido qué objetivos deseamos para cada área, debemos establecer una fecha prevista para la consecución de cada uno de ellos. La existencia de una fecha supone un compromiso y permite establecer un organigrama que facilita la planificación de las acciones a emprender.

3. – Establecer subobjetivos más accesibles.
Es probable que el objetivo en sí, por su magnitud, sea inalcanzable de forma inmediata y con una única acción. Requiere ser dividido en subobjetivos de menor tamaño y más accesibles. La consecución de todos estos subobjetivos de forma ordenada nos permitirá alcanzar el objetivo principal.

4. – Definición de tareas.
La división del objetivo en subobjetivos hace mucho más alcanzable lo que pretendemos. Supone dividir el camino en etapas. Una vez realizado esto, debemos definir las tareas que debemos llevar a cabo en cada etapa.

Este procedimiento supone abordar los objetivos en forma de cascada, dividiendo el gran objetivo en subobjetivos más pequeños, y éstos a su vez, en tareas que nos permiten acción instantánea a partir del día cero. No hay objetivo a 20, 30 ó 40 años vista que no requiera alguna acción hoy.

5. – Registro de tareas en la agenda.
Debemos transportar cada una de estas tareas a nuestra agenda. Una vez sabemos qué queremos y cuándo lo pretendemos alcanzar, necesitamos registrar la totalidad de las tareas en nuestra agenda para poder realizar el plan de forma ordenada.

6. – Planificación.
El proceso de consecución de metas requiere una actividad de planificación constante. Debemos comprobar el grado de cumplimiento de todo el plan establecido. Esto es como dirigirnos hacia un punto utilizando el GPS. A través de este instrumento vamos siguiendo la ruta prevista y corrigiendo las desviaciones que se vayan produciendo en nuestro camino. Para ello, es necesario que al menos una vez a la semana comprobemos si todas las tareas y subobjetivos que inicialmente teníamos previstos, se están alcanzando según el plan trazado. En caso afirmativo, es cuestión de seguir con la estrategia ya diseñada. Sin embargo, es frecuente que detectemos que durante la andadura, alguno de los propósitos iniciales está desvirtuado por la existencia de obstáculos. Si este es el caso, es momento entonces de acometer las acciones necesarias para volver a la ruta trazada.

7. – Empeño.
Una vez hemos definido el camino, nos queda lo más importante; emprender la acción. Ahora que conocemos nuestro destino y sabemos cómo alcanzarlo, es momento de empezar a andar o correr (según el caso) pero siempre enfocados hacia el objetivo, y midiendo el progreso y desviaciones a través de la planificación.

A través de esta metodología, la consecución de la vida de nuestros sueños deja de depender del azar y pasa a depender de nosotros mismos.

¿No crees que vale la pena dedicar un tiempo a planificar el viaje más importante de tu vida?.

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