Hay conceptos e ideas que cuando se ponen de moda acabamos repitiéndolos como «loros». Basta con que alguien los introduzca para que todos acabemos generando debates en torno a eso, manifestándonos a favor o en contra respecto a lo que nos transmiten.

Actualmente existe un cierto debate por el «equilibrio entre vida personal y laboral». Parece que de la noche a la mañana, todos estamos revisando nuestros hábitos para ver si cumplimos con ese supuesto estándar. Hoy me gustaría reflexionar sobre esta cuestión.

En primer lugar, la primera reflexión que hago es sobre esa distinción entre vida personal y laboral. ¿Acaso la vida laboral no es personal? La mera distinción ya nos hace presumir que quien se plantea esta cuestión podría no entender el trabajo como parte de su vida. Si efectivamente uno lo asume como tal y trata de alcanzar su máximo potencial en el ámbito laboral, difícilmente podría llegar a verlo de esta forma. ¿Estás de acuerdo? Acabar asumiendo que trabajamos porque tenemos que trabajar, y verlo como un medio (obtención del dinero) para alcanzar un fin (vivir) podría resultar algo aburrido y poco gratificante. Puede ser el resultado de aquellos que trabajan por dinero, y que no llegan a alcanzar el disfrute ni la satisfacción por el crecimiento profesional, por alcanzar metas de mayor calado, mayores responsabilidades,… Efectivamente, para todos estos que ven el trabajo desde esta perspectiva, esa distinción entre vida personal y laboral podría tener un significado, si bien, la conclusión que yo obtengo es que acaban resultando esclavos de algo que hacen no porque quieren, no porque se sientan inspirados, no porque quieran crecer, no porque quieran aprender y mejorar su entorno, sino únicamente por el dinero que perciben a cambio. Podrían resultar meros vendedores de vida, acabando vendiendo parte de su tiempo a otros por algo de dinero.

Sinceramente, esta visión es poco motivadora, poco alentadora, pudiendo incluso llegar a resultar denigrante. Es posible que aquellos que piensan así se puedan sentir como un mero instrumento al servicio de otros, pero que nadie tenga dudas que los únicos culpables no son más que aquellos que eligen este pensamiento de forma libre y voluntaria. Pensar esto o lo contrario es una libertad individual de cada uno.

Sigamos reflexionando sobre esta interesante cuestión. La siguiente reflexión que quiero hacer es qué significa ese supuesto equilibro entre vida personal y laboral. Quizá muchos lo entiendan como la necesidad de repartir nuestras 24 horas en 3 lotes de 8 horas, donde dedicamos un tercio a trabajar, otro a estar con nuestra familia, y el último a dormir y alimentarnos.

En este supuesto, acabaremos enfocándonos en el concepto de la cantidad de tiempo dedicada a cada rol (laboral, familiar y personal). ¿Es a esto lo que se refiere ese concepto de equilibrio tan de moda?

Mi pregunta es ¿qué pasa cuando una mujer es madre y requiere dedicar más tiempo al cuidado de sus hijos que al trabajo? ¿Cómo funciona ese «equilibrio»? Durante ese período, las madres tienen que romperlo para dedicar más tiempo a sus hijos recién nacidos, y ¿significa ello que no tienen equilibrio? De forma análoga, cuando estamos iniciando cualquier proyecto, igual que la madre se vuelca en el cuidado de su hijo empleando más tiempo a esa faceta que a las demás, tenemos que mimar ese proyecto dedicándole el tiempo que requiera. ¿Significa eso que hemos roto el equilibrio?

El concepto de equilibrio quizá no contempla estas cuestiones. Cada momento tiene unas necesidades y requerimientos que difícilmente puede ser atendidos cuando marcamos una barrera temporal respecto a lo que debemos desempeñar cada día a cada cosa.

Por último, y obviando ya la cantidad de tiempo que dediquemos a cada faceta, me gustaría realizar esta misma reflexión desde el punto de vista de la productividad. ¿Qué productividad, calidad e intensidad de acción desarrollamos en cada una de estas facetas? Porque hablamos de la cantidad de tiempo, y centramos todo el debate en torno a esa cuestión, y sin embargo, no nos paramos a analizar qué es lo que hacemos durante el tiempo que supuestamente dedicamos a cada área. ¿Es de la calidad suficiente?

¿Qué ocurriría si cuando estamos trabajando en cualquier proyecto nos preocupásemos de realizar nuestras tareas con la mayor productividad posible para liberar tiempo para otras cosas? Del mismo modo, ¿qué ocurriría si cambiásemos el concepto del tiempo que empleamos con nuestras familias para acabar valorando qué tiempo de calidad es el que realmente disfrutamos junto a los nuestros? ¿No nos ocurre en la actualidad que en muchos momentos estamos en casa, pero no estamos en familia, ni disfrutando de ella? ¿Podríamos sustituir el concepto de tiempo por el de tiempo de calidad?

Si aplicamos esta regla en todas nuestras áreas, descubriremos que no sólo no podemos alcanzar el equilibrio (bien entendido según mi parecer), sino que además vamos a acabar viviendo con la máxima calidad en cada una de esas facetas. Descubriremos que acabaremos haciendo más cosas, de más importancia, y con más resultados en menos tiempo. Descubriremos que muchas de las cosas que hacemos pueden acabar siendo realizadas en menos tiempo, o bien delegadas, o bien… En definitiva, que al incrementar nuestra calidad y productividad, nuestros resultados son de mejor calidad, y acabamos teniendo tiempo para más cosas.

Descubriremos que el tiempo que acabamos estando con nuestras familias es un tiempo intenso, de disfrute, de compartir cosas de interés para todos, en definitiva, de «vivir» en familia.

Pues bien, así es como yo entiendo ese equilibrio. No es tanto una cuestión de dedicar el mismo tiempo a todo, sino acabar atendiendo todas las áreas de acuerdo con las necesidades de cada una de ellas en cada momento, y por supuesto, siempre con la intensidad que todo ello requiere. Observaremos que trabajar ya no es algo aburrido, a lo que nos dedicamos cada día durante al menos 8 horas porque tenemos o necesitamos hacerlo. Observaremos que disfrutar de nuestras familias no es simplemente pasar 8 horas con ellos, sino vivir intensamente todos los momentos que podamos compartir conjuntamente.

En definitiva, vivir con pasión es algo que resulta imprescindible, y que acaba generando grandes resultados y satisfacciones. Habrá algunos que opten por seguir buscando las matemáticas para cuestionar el mayor o menor tiempo que dedican a cada área. Otros, en cambio, se sumarán al proyecto de vivir cada segundo de la vida como si fuese el último, tratando de dar todo lo mejor que tienen en su interior en cada momento, con independencia de que sea en el entorno laboral o familiar.

Espero que esta reflexión nos ayude a todos a no tratar de ponerle adjetivos al tiempo, ni a pintar los segundos de colores, en función de a qué los dediquemos. Cada segundo es vida, y vivirla intensamente sea cual sea la faceta y el lugar donde estemos es lo más importante. Así, no invirtamos ni un instante más en hacer cuentas sobre cuánto dedicamos a cada cosa, y tratemos de vivir y disfrutar al máximo cada momento.

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